Los escritores nacieron para inventar el amor. a veces me confundo, y acabo inventándolo yo misma.
La Dueña de Alcublas – Teresa Gil de Vidaure
En la historia hay mujeres que se recuerdan por la corona y hay mujeres que se recuerdan por el escándalo. Y hay aquellas que se recuerdan por la tierra. Teresa Gil de Vidaure pertenece a este último tipo. Su nombre no permanece porque haya sido la amante de un rey, permanece porque fue propietaria de un territorio. Esa es la diferencia que lo cambia todo.
LAS REINAS
Dada
12/22/20254 min leer


Cuando Alcublas aparece por primera vez en los documentos (en el año 1257), no lo hace como un pueblo romántico, ni como un confín exótico del reino.
Aparece como vilar, un territorio jurídicamente definido. Con límites, recursos y derecho hereditario. Y en ese documento figura un solo nombre femenino. Teresa.
En el siglo XIII eso no es un hecho trivial. Las mujeres podían poseer tierras, pero rara vez recibían territorios directamente del rey.
Una donación así no es un regalo de amor. Es una decisión política. La tierra no se concede para agradar a alguien, sino para estabilizar algo.
¿Y qué era lo que había que estabilizar?
El recién conquistado Reino de Valencia era frágil. Las fronteras eran jóvenes, la población desigual, y el interior montañoso, pobre y estratégicamente importante.
El rey debía construir líneas paralelas de lealtad. No solo a través de herederos legítimos, sino mediante hijos reconocidos. Mediante mujeres con capacidad jurídica, que pudieran ser portadoras de patrimonio sin provocar conflictos abiertos.
Teresa Gil de Vidaure era precisamente eso. Un soporte jurídico.
Teresa Gil de Vidaure no entra en la historia como una figura romántica. Entra como una mujer cuyo nombre aparece en un documento junto a un territorio. Esa es la diferencia esencial. En la Edad Media la tierra no pertenece a quien está cerca del poder, sino a quien el poder está dispuesto a confiarla.
Su origen explica por qué eso fue posible. Teresa procede de la baja, pero antigua nobleza navarra, de la familia Gil de Vidaure o Vidaurre. No eran grandes magnates, eran personas con nombre, linaje y capacidad jurídica para poseer tierra y transmitirla.
En familias así, las mujeres no eran solo moneda para matrimonios políticos, sino también portadoras de bienes a través de la dote, la herencia y el derecho de viudedad. Sin ese origen, ninguna donación tendría sentido. La tierra entregada a una mujer sin fundamento jurídico, sería una debilidad política y no una fortaleza.
En el momento en que Teresa aparece, el recién conquistado Reino de Valencia aún no tiene fronteras estables. El interior está poco poblado y el sistema político todavía se está construyendo.
El rey debe crear núcleos territoriales leales, no solo a través de herederos legítimos, sino también mediante líneas colaterales reconocidas.
En ese contexto, Teresa no es un episodio privado, sino una figura política.
Entra en la vida del rey como una mujer de rango noble, capaz de comprender el derecho y de gestionar posesiones.
Su relación no es breve y de ella nacen hijos que son reconocidos. Ese reconocimiento lo cambia todo, porque los hijos no reconocidos desaparecen de la historia, mientras que los hijos reconocidos exigen territorio y estatus.
Las donaciones que recibe Teresa no son gestos sentimentales. Primero Jérica y después Alcublas se le conceden como territorios claramente delimitados. Con sus montes, pastos, aguas y bosques, y con derecho hereditario.
Eso significa que ella es titular y no intermediaria. No posee la tierra en nombre del rey, ni como administradora provisional. La posee como portadora de derechos a través de la cual el patrimonio se transmitirá a la siguiente generación.
El rey la elige precisamente a ella porque una mujer como titular no provoca conflictos dinásticos y garantiza la continuidad. Ella es un punto estable, en un espacio inestable.
Así, Alcublas aparece por primera vez en la historia no como paisaje, sino como objeto jurídico.
El pueblo de Alcublas adquiere límites y se vuelve visible en el sistema administrativo de la corona.
Todas las historias posteriores, cartujos, molinos, abandonos y epidemias, se apoyan en ese primer acto. Sin la donación de 1257, Alcublas habría sido solo otro nombre perdido en la montaña.
Los siglos borran el nombre de Teresa de la memoria cotidiana, pero no borran su posesión. El topónimo Las Dueñas perdura y aparece más tarde en el nombre de Masía de las Dueñas.
La palabra dueña en el lenguaje medieval, no es una metáfora, es un estatus jurídico. Designa a una mujer que dispone de bienes, que no está bajo tutela y que tiene derecho a poseer y transmitir tierra.
Aunque en documentos posteriores aparezcan señores masculinos, el nombre permanece. Teresa nunca fue reina, ni tuvo un título que la protegiera en las crónicas.
Pero tuvo algo más duradero, la tierra inscrita en un documento. Su origen le dio el fundamento jurídico, su relación con el rey le dio la oportunidad política y su papel como portadora del territorio.
Por eso su nombre aún hoy puede rastrearse en el paisaje, en el nombre y en el hecho de que Alcublas fue una vez confiada a una mujer.
La historia de Teresa Gil de Vidaure y Las Dueñas de Alcublas no es una historia de amor, sino de derecho y responsabilidad.
Muestra que en la Edad Media las mujeres podían ser pilares de la estabilidad territorial no a través de títulos, sino a través de la posesión. La tierra era entonces la forma suprema de confianza, y Teresa recibió esa confianza.
Por eso permaneció en la historia, incluso cuando las frases en las que su nombre fue escrito se han desvanecido hace mucho tiempo.